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Sobre chupetes…

Publicado el 07-09-2011

Si eres de las que siempre tienes el chupete de tu hijo entre manos, desde El club de las madres felices queremos ofrecerte toda una serie de recomendaciones sobre el mundo del chupete, para acabar con grandes mitos y conocer de primera mano cómo actuar.

Sobre chupetes

  • La higiene es fundamental, por ello y para evitar que el chupete pueda acabar rodando por el suelo, resulta muy útil sujetar el chupete al pequeño. Sin embargo, es importante no colgarlo de un collar, ya que podría ser peligroso. Se deben emplear cadenitas cortas, de plástico, que se sujetan con imperdible de seguridad y que están pensadas específicamente para los más pequeños.
  • En muchas ocasiones, aunque el chupete esté viejo y en pésimas condiciones, algunos niños se niegan a cambiarlo (es su amigo del alma :-) ). Sin embargo, es importante sustituirlo cuando el material se estropea, ya que si no, es fácil que lo colonicen los gérmenes. Se recomienda cambiar el chupete, como mucho, cada dos meses, siempre que se alterne con otros.
  • Es importante esterilizar con frecuencia el chupete, al igual que otros materiales, y enjaguarlo bajo un chorro de agua corriente.
  • Por razones de higiene, tampoco es conveniente guardar el chupete suelto en el bolso o el bolsillo. Es conveniente utilizar estuches especialmente diseñados para guardar el chupete.
  • Por último, algo que conviene evitar es untar el chupete con azúcar o miel. Aunque los dientes de leche no se vean, durante el tiempo en que el bebé ha permanecido en el seno de la madre, ya se han ido formando las estructuras y tejidos que darán lugar a los mismos. Acostumbrar a los peques a un chupete endulzado aumenta las posibilidades de futuras caries. Además, tiene un efecto negativo sobre su sentido del gusto, que aún está en proceso de formación, ya que de esta forma aumentamos su tendencia al sabor dulce, hipotecando futuras elecciones.

¿Utilizáis chupete con vuestros pequeños? ¿Cómo ha sido en vuestro caso? Os animamos a contarnos vuestras experiencias ¡Gracias por compartirlo!

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Maniquíes

Publicado el 14-07-2011

Por Tenemos tetas

Madres felices Los factores por los cuales a lo largo del tiempo las sociedades van estableciendo sus estereotipos de belleza son múltiples y varían mucho de un grupo humano a otro.

En la mayoría de las culturas más cercanas a la tierra (los “pueblos originarios”) el estereotipo de belleza femenino, que aún sigue prevaleciendo, es el de las mujeres “rellenitas”, no gordas pero con curvas, con reservas, anchas caderas y pechos, que denotan abundancia, fertilidad y aptitud para la supervivencia.

En Occidente, el canon de belleza también fue hasta hace muy poco el de las musas de Rubens: mujeres con la piel blanquísima y el cuerpo redondeado, que se correspondía con los signos de estatus de las clases altas: tener la piel blanca como evidencia de no hacer trabajos duros al sol, y la grasa corporal como señal de disponer suficiente alimento.

Pero en la segunda mitad del siglo XX, como tantas otras cosas, el estereotipo de belleza occidental también cambió: broncearse la piel pasó a ser signo de tener tiempo y dinero disponible para el ocio, la playa, los deportes al aire libre… y ser delgado comenzó a ser más difícil que ser obeso, dada la cantidad de alimentos energéticos disponibles a precios muy asequibles. Las clases bajas y medias engordaron, y la delgadez se convirtió en un “lujo” alcanzable a base de mucha contención, gimnasios, dietas, entrenadores personales, liposucciones y cirugías remodelantes.

A partir de los años ochenta, el estereotipo de belleza femenina y voluptuosa que representaron en los cincuentas mujeres como Marilyn Monroe o Sofía Loren, fue poco a poco perdiéndose a favor de una belleza lánguida, frágil, andrógina y plana como la de Kate Moss o Nicole Kidman.

Un  nuevo fenómeno cultural comenzó a tomar forma: el de las top-models, que llegaron a cobrar sueldos multimillonarios por convertirse en la imagen de las grandes firmas. Un trabajo aparentemente “fácil”, acompañado de una vida glamourosa y una remuneración exorbitante, se convirtió, igual que las estrellas del fútbol, en el sueño que todos, las chicas y los chicos quieren conseguir.

Ignoro en qué momento la palabra ‘modelo’ usurpó el lugar de la palabra correcta para nombrar a esa profesión: maniquí.

Todos conocemos las acusaciones permanentes que se le hacen a la industria de la moda –en manos de un puñado de diseñadores misóginos- por propagar un estereotipo de belleza insano, que raya en muchas ocasiones con la anorexia, enfermedad que muchas maniquíes han confesado padecer.

El primer truco fue precisamente la institución del nombre: modelos. Por modelo se entiende alguien a quien imitar. Según la RAE: “arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo“. Y creo que ahí es donde está el verdadero problema.

La profesión de maniquí, tan digna como otra cualquiera, no es más que eso. Una profesión u ocupación puntual. Una profesión que consiste precisamente en que la persona exalte a la ropa (y no al revés). Sobre todo en los espectáculos de pasarela, alguno de los cuales parecen más bien la antítesis de la belleza.

El problema no es que muchachas de complexión naturalmente delgada aprovechen su cualidad para ganarse la vida, sino que algunas tengan que someterse a regímenes inhumanos para conservar su trabajo, y que el resto de las mujeres del mundo queramos parecernos a ellas.

Que hayamos convertido una profesión que consiste en pasar desapercibida para que el protagonismo lo ocupe el vestuario, en “modelo” de referencia de la belleza occidental, es lo verdaderamente sintomático. O sea, el problema no es tanto que las maniquíes estén muy flacas (que lo están), como que lo convirtamos en ideal de belleza colectivo.

Si esa transpolación ha ocurrido, es porque las mujeres andamos perdidas. Porque nos anulamos como personas. Y porque la sociedad en su conjunto, premia y estimula, en afán del consumismo, una conducta casi suicida: nos queremos tan poco, que tendemos a desaparecer. Es como decir: no queremos ser humanas, queremos ser maniquíes, perchas. No tenemos valor, sino por la ropa que llevamos puesta. Me anulo, me borro, adelgazo tanto hasta no ser.

La obesidad y la anorexia, dos epidemias complementarias en nuestro tiempo, nos hablan de cosas más profundas que la lechuga o el ejercicio: nos hablan de la autoestima, de nuestra auto-percepción, de nuestra conexión con la femineidad, de nuestras ansiedades, de nuestros miedos, de nuestras corazas, de nuestro desamparo emocional.

La belleza no es inocente.

Otras blogueras que hablan sobre este tema:

La mujer que deberíamos ser, de Habichuelas Mágicas

Reconciliada con mi cuerpo, de Mimos y Teta

Reflexiones sobre la imagen femenina, de Amor Maternal

Mi cuerpo, mi vida, de La mamá de Mateo

Microreflexiones veraniegas, de Ahora la madre soy yo.

El hiyab de las mujeres de occidente: la talla 38, de Una antropóloga en la luna

Mi cuerpo, mi templo de Alma de Doula.

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Soluciones prácticas de lactancia I

Publicado el 27-06-2011

¿Es mi leche lo suficientemente buena para mi bebé? ¿Cuál debe ser la frecuencia de las tomas?  ¿Cómo reconocer si el bebé está lleno? Estas y otras dudas y temores nos asaltan a las mamis, sobre todo a las primerizas, cuando ya tenemos a nuestros bebés entre nuestros brazos… ¿verdad? Pero, no te asustes: ¡Al principio de la lactancia es lo más normal del mundo!

Hemos pensado que podría ser buena idea recopilar estos miedos y dar respuesta a algunos de los “problemas” más comunes a los que deben enfrentarse las mamás desde los primeros días de lactancia. ¡Vamos a ello!

¿Es mi leche lo suficientemente buena para mi bebé?

El cuerpo femenino es muy sabio y, salvo enfermedad, la leche materna siempre es la más indicada y la mejor para el niño. No sólo se adapta a la cantidad de leche que se consume, disminuyendo la producción cuando corresponde, sino que también se adapta, cambiando su composición, respecto a las nuevas necesidades nutricionales del pequeño.

¿Cuál debe ser la frecuencia de las tomas?

Cuando el bebé es muy pequeñito, es aconsejable que la alimentación sea a libre demanda, es decir, que el pequeño mame cada vez que tenga hambre. La mayoría de los recién nacidos necesitan alimentarse cada dos o tres horas, es decir, entre 8-12 veces al día.

¿Cómo saber si el niño tiene hambre?

Verás que es muy fácil darte cuenta de si el bebé tiene hambre, pues empieza a llorar y a hacer movimientos de succión, buscando tu pecho. Siempre se deben tener en cuenta estas señales, y no el reloj, para decidir cuándo alimentarlo.

¿Cómo reconocer si el bebé está lleno?

Normalmente, cuando el bebé está saciado, deja de mamar y se muestra satisfecho, aunque también puede suceder que quiera descansar un poco y continuar luego con la toma. Pero no te preocupes: observando a tu bebé, fácilmente te darás cuenta de si está lleno o quiere ser alimentado de nuevo.

Se nos escurren otros muchos miedos comunes, así que os prometemos una segunda parte de este post…En este sentido, nos gustaría que nos contaseis qué otros miedos o dudas habéis tenido vosotras a la hora de dar el pecho a vuestros pequeños ¡Trataremos de darles respuesta!

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Las “leyendas urbanas” sobre la lactancia

Introducir nuevos alimentos en la dieta del bebé: ¿cómo y cuándo?

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Las “leyendas urbanas” de la lactancia

Publicado el 19-04-2011

No es recomendable dar el pecho durante más de 10 minutos, después de que el niño cumpla 1 año, dar el pecho no sirve de nada, los niños que toman mucha leche materna cuando quieren se vuelven caprichosos…

Hay decenas y cientos de consejos que las madres escuchan constantemente respecto a la lactancia y, lo que es peor, muchas veces no son ciertos. Abundan toda una serie de falsos mitos respecto a dar el pecho, que lo único que consiguen es dañar uno de los hábitos y comportamientos más antiguos e instintivos de la humanidad.

El club de las madres felices

Con el fin de ayudaros a discerniros sobre lo qué es real y lo que no, hemos elaborado una pequeña lista con una serie de “recomendaciones”, comúnmente aceptadas, pero que conviene quitarse de la cabeza:

NO es verdad que….

  • La toma NO debe durar más de 5-10 minutos, ya que es tiempo más que suficiente para que el bebé se sacie. Esto no es exactamente cierto, ya que cada niño es diferente y tiene ritmos propios. Hay algunos pequeños que succionan muy deprisa, de forma que se sacian rápidamente, mientras que los hay más lentos que necesitan más tiempo. El flujo de emisión de leche materna también es diferente. Por tanto, si se lacta mirando el reloj, corremos el riesgo de impedir que el pequeño complete la toma. Ante esta situación, lo mejor es observar al bebé y dejarse guiar por él. La naturaleza es muy sabia y cuando él esté satisfecho, él sólo dejará de chupar, como nos ocurre a nosotros, los mayores, cuando estamos saciados.
  • Es necesario ofrecer los dos pechos al niño en la misma toma. Normalmente esto es más normal en los primeros días de lactancia, donde es aconsejable hacerlo. En cambio, cuando la lactancia se ha estabilizado y normalizado, ya no es necesario. Si en una toma el bebé sólo ha tomado de un pecho, lo más lógico es ofrecerle el otro en la siguiente vez.
  • La leche de la madre puede ser de baja calidad y obstaculizar el crecimiento del bebé. Hay que tener algo muy claro y es que si el niño no está creciendo bien, no se debe culpar a la leche. En gran parte de los casos se trata de un problema de succión o, incluso, de limitación en las tomas. Para estar seguros, lo más recomendable es consultar con un pediatra para descartar que el pequeño pueda tener algún problema.
  • Los bebés que toman el pecho cuando quieren, se vuelven más mimosos. Es un pensamiento generalizado el creer que si de pequeñitos se responde a sus necesidades, los niños crecerán excesivamente mimados. El hecho de dar el pecho al pequeño no significa que vaya a adquirir un vicio. La clave está en la forma de darle lo que necesita para garantizar un crecimiento óptimo. Además, se ha demostrado que, en ningún caso, adquirirá malos hábitos, sino mayor seguridad en sí mismo.
  • Dar el pecho después del año no sirve de nada, la calidad de la leche materna disminuye a los 6 meses. La leche materna tiene un componente de “inteligencia” muy interesante. No sólo se adapta a la cantidad de leche que se consume, disminuyendo la producción, sino que también lo hace respecto a las nuevas necesidades nutricionales del pequeño. Por ello, aunque las tomas no tengan la misma frecuencia que al principio, aportarán al pequeño sustancias muy valiosas para su crecimiento.

¿Y vosotros? ¿Conocéis algún otro mito? Anímate y compártelo con nosotros. Nos gustaría conocer tu opinión.

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