La vida intrauterina y la epigenética

Publicado el 08-11-2012

Por Tenemos tetas

Durante siglos se ha creído que los bebés y los fetos no tenían sentimientos, no tenían memoria y que, ni siquiera, sentían dolor. Esto sólo es posible en una civilización como la nuestra, patriarcal, con un punto de vista masculino y fuertemente acorazada ante las emociones, porque ninguna madre bien conectada con su cría habría podido creer jamás semejante desvarío.

No obstante, desde hace ya años, los experimentos psicológicos y neurocientíficos han derrocado el mito de que los fetos no puedan recordar ni aprender. Como resume el biólogo Bruce H. Lipton en su libro La biología de la creencia (2005), el sistema nervioso del feto y del bebé en formación posee un amplio repertorio de capacidades sensoriales y de aprendizaje y, por supuesto, almacenan experiencias en su red neuronal y en su memoria celular, que se van configurando según las experiencias vividas.

Del culto a la genética, hoy se ha avanzado hacia la epigenética: el ambiente en que el bebé se desarrolla influye desde el momento de la concepción sobre los genes que se activarán o no en la descendencia de cada familia. En otras palabras, los niños necesitan un ambiente favorable para activar los genes que les proporcionarán un desarrollo saludable.

El útero materno es el primer hábitat de todo ser humano. Mientras el bebé se forma allí, se nutre de la misma sangre de su madre, donde abundan hormonas del placer y de la felicidad (como la oxitocina) o, por el contrario, pueden abundar las hormonas del estrés y el miedo (el cortisol y la adrenalina). Tal como la neurociencia ha demostrado, si el cerebro del bebé (antes y después de nacer) se configura rodeado de cortisol y adrenalina, sus redes neuronales se configurarán para la auto-defensa y la violencia. Parece útil que a las embarazadas y puérperas no nos hicieran solo controles de glucemia o de hemoglobina, sino también de los niveles de cortisol que llevamos en la sangre.

El doctor Peter W. Nathanielsz, especialista en investigación del embarazo y del recién nacido, explica que “cada vez son más las pruebas que demuestran que las condiciones del útero tienen tanta importancia como los genes a la hora de determinar cuál será el desarrollo mental y físico durante la vida”.

Tales verdades científicas siguen susurrándose muy bajito, porque  algunos lo interpretan como una “culpabilización de las madres”. Para mí, en cambio, es mucho más sencillo: toda la sociedad es o debería ser responsable de optimizar el bienestar de las madres. Una sociedad preocupada por el cuidado y la protección de los niños desde el momento de su concepción, incluiría el bienestar emocional de sus madres, y por tanto, de todos sus miembros,  hombres y mujeres, que hemos de cuidarnos unos a otros.

Comprender los “milagros” de la gestación y la vida intrauterina, del parto, de la lactancia y de la primera crianza –lo que se ha dado en llamar la “etapa primal” –, nos lleva necesariamente a imaginar una sociedad diferente, construida no en función de las cadenas de producción, sino en función de las redes de sostén de la vida, de la felicidad y del bienestar, del potencial del desarrollo humano.

Envuelto en su burbuja de agua amniótica, cada bebé disfruta de la música, la danza, la alegría, la salud, el optimismo… de su madre, de su padre y de las voces y los cuerpos que le rodean. Su confianza en la vida y en el mundo, se inicia allí.

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Las náuseas en el embarazo

Publicado el 31-07-2012

Por Tenemos tetas

Como muchos ya sabéis, estoy muy feliz esperando mi segundo hij@. Comparto embarazo esta vez con otras dos mamás blogueras, a quienes admiro mucho: Claudia ParienteVivian Watson. Las tres hemos estado comentando a través de las redes sociales sobre estos embarazos tan deseados pero que han venido a la vez con muchas náuseas y vómitos.

Entre el 75 y el 80% de las mujeres padecemos náuseas y vómitos en el primer trimestre del embarazo. Alrededor de un 20% lo seguimos teniendo hasta el sexto mes, o más. El embarazo anterior seguí a menudo teniendo vómitos matutinos hasta el final, el último en el paritorio. En este parece que voy por el mismo camino.

Lo llevo bastante bien, pues son principalmente al levantarme y al atardecer. El resto del día, procuro tener a mano galletas o frutos secos, y ya lo voy tomando como parte natural del asunto ;-) Algunas otras mamis lo llevan muy mal, y algunas llegan a padecer hiperemesis gravídica, que a veces necesita incluso hospitalización.

Lo curioso es que la ciencia no ha logrado descubrir aún  la causa exacta de las náuseas del embarazo. La primera hipótesis es que están relacionadas con las hormonas del embarazo, porque los picos de HCG (entre las semanas 8 y 12) coinciden con los picos más altos de náuseas y vómitos en casi todas las embarazadas. También algunos estudios han relacionado las náuseas (y los gases, acidez, estreñimiento, etc…) con el retardo de la motilidad gástrica que produce la progesterona.

Sin embargo, otros estudios no llegan a las mismas conclusiones, tal como explica el doctor Zea y Cols en este artículo. Tampoco se sabe por qué las hormonas del embarazo tendrían que producir estos “efectos secundarios” y por qué en algunas mujeres sí pero en otras no. Lo que sí parece creíble es que los cambios hormonales tan bruscos,  que acompañan a los reajustes fisiológicos, bioquímicos e inmunológicos que el embarazo trae al cuerpo de la mujer, se cobren en muchos casos un “precio” indeseable de este tipo.

Quizás es por ello que mucha gente dice que si tienes náuseas es que el embarazo va bien. Ya que las hormonas protectoras del embarazo están haciendo su trabajo. “Se piensa que las nauseas y vómitos tienen un efecto de protección en el feto. Los estudios han demostrados que las mujeres que sufren de náuseas y vómitos tienen bebés con menos malformaciones y menos abortos espontáneos”, afirma este artículo publicado por la Organización de Teratología.

Otra hipótesis -siempre me gusta el enfoque antropológico- es que las náuseas puedan tener ventajas evolutivas. Lo ha sugerido un estudio de la Universidad de Cornell “Un estudio realizado por científicos de la universidad de Cornell, en Nueva York, es tranquilizador: las náuseas durante el embarazo tienen sentido, y todo lo que sufre la futura mamá protege al bebé. Analizaron la evolución de 80.000 embarazos, y llegaron a la conclusión de que las náuseas son un truco de la naturaleza: las embarazadas desarrollan sobre todo aversión a lo que perjudica la salud del bebé. Entre los primeros elementos de esa lista figuran el alcohol, la nicotina y el café, pero muchas mujeres también rechazan la carne, los huevos y el pescado. Estos alimentos pueden contener bacterias contra las que el sistema inmunológico no puede luchar.” (Tomado de la revista Ser padres).
Parece verosímil que a lo largo de millones de años en la selva, la hembra gestante agudizara su sentido del olfato para protegerse de consumir sustancias venenosas o peligrosas para el feto. Además, las náuseas pueden ser una forma de “recordar” a la mujer que está gestando, sobre todo en los primeros meses cuando aún no se sienten los movimientos ni se ha abultado el vientre.

La última hipótesis está relacionada con factores emocionales. La literatura científica también apunta que el estrés puede aumentar las náuseas y vómitos en la embarazada. El embarazo no es una enfermedad, pero sí es un estadio especial, que algunos relacionan incluso con estados alterados de conciencia, y que requiere que la gestante descanse, se sienta apoyada y sostenida, aumente el contacto con la naturaleza, y que se retire o concentre en sí misma si así lo desea.

No es descabellado pensar que las formas de vida modernas atenten contra el bienestar natural del embarazo. La vida urbana, el transporte motorizado, la contaminación ambiental, los horarios laborales, la alimentación industrializada, el alto nivel de exigencia y auto-exigencia de las mujeres modernas, etc.. no parecen las mejores condiciones para el desarrollo de la gestación mamífera.

Los psicoanalistas han apuntado también a la posibilidad de que las náuseas y vómitos provengan de la somatización de un rechazo inconsciente hacia el bebé. Es un tema polémico, pero no quería dejar de mencionarlo. A veces, por muy deseado que sea un bebé, nuestro inconsciente nos puede jugar malas pasadas. Nuestro propio historial de vida, nuestras propias experiencias cuando fuimos bebé o intrauterinas, pueden reflejarse en la forma como vivimos a su vez los embarazos.

Caro, la mamá de Mateo, me apuntó también una última hipótesis: quizás tenga que ver a algún rechazo a las transformaciones que el embarazo trae al cuerpo de la mujer: sobrepeso, abdomen, pechos, etc… No sería extraño que con la presión que recibimos las mujeres para mantener un cuerpo “10″, el embarazo nos traiga miedos, más o menos inconscientes, sobre las transformaciones de nuestro propio cuerpo.

En fin, que seguramente será una mezcla de todos estos factores a la vez, pero las náuseas son un inconveniente muy común que a veces pueden empañar momentáneamente la gran felicidad que trae consigo un embarazo. Aprovechemos para descansar, para escuchar nuestras señales y para conectarnos con la gran transformación que sucede en nuestros cuerpos y en nuestras vidas.

¡Enhorabuena a todas las embarazadas!

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El misterio de la felicidad

Publicado el 10-04-2012

Por Tenemos Tetas

Una amiga “invisible” del círculo de madres me regaló un libro que me devoré enseguida. Se trata de La vida que florece, el último libro de Martin Seligman, profesor de la Universidad de Pennsylvania, considerado el “padre” de la psicología positiva.

Había oído hablar de la psicología positiva, y sabía de qué iba más o menos (la felicidad, las emociones positivas, el optimismo…) pero no había leído hasta ahora ningún texto del propio Seligman. De este autor es el concepto de “indefensión aprendida” (que está en la base de toda  educación basada en la obediencia); suyo y de su equipo es el sistema para reconocer las fortalezas personales (puedes hacer el test para conocer tus propias fortalezas aquí)  y suyo es el primer Máster en Psicología Positiva Aplicada del mundo, que se lleva a cabo desde 2005 en la Universidad de Pensilvania, llevando al mundo académico muchos conceptos que hasta ahora parecían pensamiento “alternativo”.

En su último libro, Seligman intenta desarrollar una “teoría de la felicidad” o “teoría del bienestar”, para lo cual cuenta con los estudios que su propio equipo ha realizado con el mismísimo Ejército de los Estados Unidos, sobre todo con respecto a la resiliencia y al crecimiento postraumático. Seligman se ha reunido personalmente con el presidente norteamericano, y está desarrollando un programa multidisciplinar que abarca tanto la salud emocional como la salud física, y también por supuesto la educación positiva. Según él, la riqueza de los países no debería medirse por el PIB, sino por el grado de bienestar general.

Hace especial hincapié en la necesidad de un cambio en el sistema educativo: “quiero que se produzca una revolución de la educación en el mundo. Todos los jóvenes tienen que capacitarse para el mercado laboral, el principal objetivo del sistema educativo vigente desde hace doscientos años. Además ahora podemos enseñar las habilidades del bienestar, cómo sentir más emociones positivas, encontrarle sentido a la vida, mejorar las relaciones y conseguir logros más positivos. Los centros educativos de todos los niveles deberían enseñar tales aptitudes”. Según confesó en esta entrevista a El País, sus propios hijos han sido home-schoolers: “no van a la escuela hasta los 14 años, estudian en casa, porque es hasta la adolescencia cuando podemos inculcarles las herramientas para que sean positivos”.

Seligman cita en su libro profusamente a otro científico eminente: George Eman Vaillant, catedrático emérito de Psiquiatría de la Universidad de Harvard, y usa sus conclusiones para trabajar sobre una de las principales fortalezas del ser humano: amor, apego, capacidad de amar y ser amado.

La Revista Geo, Una nueva visión del mundo, en su número 297, de octubre de 2011, dedicó un monográfico a la felicidad, incluyendo una entrevista titulada “¿Cómo podemos alcanzar la felicidad?” (págs. 58-69 de la edición española) en la que el profesor Vaillant, nacido en 1934, habla del proyecto que él mismo dirige desde hace 44 años. Se trata de un macro-estudio que se lleva a cabo en la Universidad de Harvard, siguiendo las biografías de 814 hombres y mujeres estadounidenses que nacieron entre 1910 y 1930 (uno de los estudiados fue el presidente Kennedy).

La conclusión más importante a la que los científicos de Harvard han llegado después de más 40 años de investigación minuciosa sobre los recorridos vitales de todas esas personas, es que felicidad es igual a amor.
“¿Qué es entonces lo que exactamente une a los «felices sanos» de todas las edades y capas sociales? Es la misma fuerza mágica con cuya fuerza Susan Wellcome ha dominado su vida; una fuerza que también se puede demostrar sin métodos de medición… porque prácticamente te asalta en cada encuentro personal: la capacidad de amar y dejarse amar. Esto, dice Vaillant, es para él el resultado más importante de los 40 años de su investigación. Suena tan fácil. Pero es tan difícil…” opina Johanna Romberg, la periodista autora del reportaje.

Sin embargo, al terminar la entrevista la periodista se pregunta: “¿Por qué el amor resulta tan fácil a algunos, mientras otros no lo alcanzan en toda su vida? La respuesta de George Vaillant es un suspiro desde lo más profundo del alma: «Créame usted”, dice, «es una pregunta que no cesa de rondarme en la cabeza».

Y a mí, al leer esta vaga respuesta del eminente científico, se me hizo la luz: ¿cómo es que Vaillant no se ha reunido todavía con el doctor Michel Odent? Hago votos por esa reunión, a ver si algún patrocinador se anima.

Ni Vaillant en el reportaje de Geo, ni Seligman en su último libro, ninguno de los dos habla en ningún momento de la forma de nacer ni del período que rodea al nacimiento. No sé si alguna variable de ese tipo se habrá tenido en cuenta en el estudio de Harvard.

Sin embargo, el médico francés Michel Odent, en su Centro de Estudios sobre la Salud Primal radicado en Londres, ha cotejado un sinfín de estudios que relacionan variables de salud física y emocional con la salud primal, con el período que rodea al nacimiento, y hasta los dos años de vida. Sus conclusiones las expone en muchos artículos y libros.

“Durante el proceso del nacimiento, segregamos una serie de hormonas que permanecen en los sistemas corporales tanto de la madre como del bebé justo después del nacimiento. Ambos, la madre y el bebé, se encuentran entonces en un equilibrio hormonal cuya duración tiene una naturaleza vital corta y que, además, no volverá a presentarse en el futuro. Si consideramos las funciones de estas hormonas y el tiempo que tardan en ser eliminadas por parte de nuestro organismo, entenderemos entonces que cada una de estas diferentes hormonas cumple exclusivamente un papel igualmente diferenciado en la interacción madre-bebé” ha explicado Odent en su artículo “El nacimiento y los orígenes de la violencia” y desarrolla luego en varios de sus libros.

Entonces, concatenando esta serie de evidencias científicas se puede llegar a una conclusión: si la felicidad apunta principalmente a la capacidad de amar y ser amado, y la capacidad de amar y ser amado a su vez se vertebra en buena medida en ese pico oxitocínico que rodea al nacimiento (embarazo, nacimiento, primeras horas, días y meses de vida), la protección social de la forma de nacer y criar, del parto respetado, la lactancia materna, la crianza corporal y amorosa, el contacto físico con los bebés y niños… es el camino más corto hacia la felicidad y el bienestar personal de las futuras generaciones. El nacimiento y la primera crianza no nos determina, no hay nada que no se pueda “sanar” luego, pero nos ahorra en buena parte tener que desandar lo mal andado.

Parece que lo que bien empieza bien acaba. ¿He ahí el misterio de la felicidad? ¿Qué opináis?

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La condición mamífera

Publicado el 05-10-2011

¡El Club de las Madres Felices sigue de celebración! Continuamos conmemorando la Semana Mundial de la Lactancia Materna en España con la publicación de una serie de post muy especiales. El lunes lo celebrábamos conociendo lSuavinex Lactanciaa visión de Diario de una Mamá Pediatra y ayer lo hacíamos de la mano de Mamá(contra) corriente.

Hoy continuamos la “saga” con el post de otra de nuestras mamás colaboradoras: Tenemos Tetas que reflexiona sobre la condición mamífera del ser humano. ¡Lectura más que recomendada! ¡Esperamos que la disfrutéis!

La condición mamífera

Por Tenemos Tetas

“El animal humano se define por su carencia de instintos, porque la naturaleza es tan sólo en él una falta…”; “el hombre no es por ello el producto de una evolución natural, sino tan sólo el resultado de una ruptura con las leyes naturales”; “la sexualidad humana es libre por cuanto no está sujeta a ley natural alguna, se inscribe desde el principio en el terreno de lo simbólico”; “destituyo a la naturaleza lo mismo que a la cultura”…

Estas frases (extraídas del prólogo que el poeta español Leopoldo María Panero escribió para una recopilación de textos del Marqués de Sade) son un buen resumen de una poderosa corriente de pensamiento que ha atravesado por el mismo centro a la cultura occidental en sus más de dos mil años de historia.

En el siglo XXI, la postmodernidad está consistiendo en darnos cuenta de que muchas de las cualidades que habíamos tomado como esenciales, inherentes, al ser humano, no son tales, sino más bien relativas a un ser humano concreto, histórico y coyuntural: el ser humano de la civilización que se erigió desde el neolítico, de la civilización patriarcal.

El discurso feminista más conocido ha ubicado el patriarcado allí donde más se ve: en la dominación del hombre sobre la mujer (mujeres sin derecho al voto, sin derecho al divorcio, sin derecho al aborto, sin derecho al trabajo, sin derecho al poder económico, desigualdad salarial, violencia machista, etc….). De hecho, hoy los términos feminismo y patriarcado están -quizás por esa causa- desvalorizados por muchos, pues suenan a una guerra o revancha entre hombres y mujeres, que parece absurda.

Sin embargo, otros autores como Claudio Naranjo, han definido el patriarcado como algo mucho más amplio: como una forma de pensar y actuar compartida por todos, una forma de entender el mundo en la que el cerebro racional predomina (y domina, neutraliza) sobre los otros dos cerebros humanos: el cerebro límbico-instintivo, y el cerebro emocional.

El patriarcado así entendido, describe ese estado psico/físico/social patológico, caracterizado por la represión emocional, la separación cuerpo/mente y la escisión de la naturaleza, que ha caracterizado a la sociedad humana en los últimos cuatro o cinco mil años.

Wilhem Reich se percató de que ese proceso de represión emocional comenzaba desde el mismo momento del nacimiento. Y también que la represión emocional, la sexual y la social son las distintas caras de una misma represión vital.

Casilda Rodrigáñez ha explicado luego que ese proceso represivo está allí donde nunca hemos mirado: comienza y se reproduce precisamente con la supresión de la maternidad corporal, que priva al bebé mamífero humano de sus necesidades innatas.

La madre amorosa, empoderada, entrañable, primaria, original, disponible para su criatura a través de su cuerpo, de la lactancia, del colecho, del abrazo, del tiempo incondicional… ha sido aniquilada a través de la represión de la mujer durante varios milenios; a la vez que se ha institucionalizado el castigo, la soledad, la mano dura y la pedagogía negra desde el momento del nacimiento.

Así, la reproducción de la mente patriarcal, de la mente egoica y neurótica que hace posible la sociedad de la dominación, pasa por la negación de nuestra condición mamífera.

Porque el ser humano sí tiene un instinto, una necesidad, un deseo y un placer en el momento en que nace, como cualquier otro mamífero: el de succionar el pecho materno, de permanecer junto a él, de estar acompañado noche y día, de ser alimentado, portado y protegido durante meses y años sobre el cuerpo de su progenitora (y progenitores) como cualquier otro primate y mamífero.

Y es ahí, donde apenas hemos mirado, donde está el punto crítico de la civilización.

Curiosamente, los actuales corpus teóricos del feminismo de la igualdad, así como las teorías queer, al negar cualquier determinismo biológico en la construcción de la sexualidad, terminan convergiendo con su mayor enemigo, las doctrinas teológicas y bíblicas, en un mismo punto: la negación de la naturaleza.

Ello es comprensible si consideramos que tanto las mujeres como los homosexuales hemos necesitado a toda costa “demostrar científicamente” nuestro valor social. Si la sociedad hubiera sido tolerante con los seres humanos de todo tipo, forma, color y por supuesto filiación sexual, tales desvaríos teóricos no serían necesarios.

Porque lo cierto, lo que desde Darwin es ya innegable para muchos, es que los seres humanos somos primates, somos mamíferos y somos animales, y tal ruptura simbólica con las reglas de la naturaleza no puede producirse, porque en ello nos va nuestra propia condición humana. La neurobiología es cada vez más clara al respecto.

En ese sentido, las teorías ecologistas convergen con las teorías humanistas: nuestra humanidad está allí donde mismo están las otras formas de vida. La vida es un continuum. Y negarlo nos aboca a la destrucción que constatamos del resto de las especies vivas y del hábitat común de todos.

¿Puede existir un punto en el que feministas, homosexuales, católicos, ecologistas, humanistas, espirituales… podamos entonces convergir?

Sí, en el amor. En la importancia del amor, la tolerancia, el respeto, la solidaridad… para la supervivencia de la sociedad. Todos los valores éticos son expresiones sociales del amor. Y el amor es algo tangible, es una conducta concreta que se mama desde el principio, cuando nuestro cerebro y nuestro sistema emocional se empieza a construir: cada bebé que nace, inmaduro, igual que hace millones de años en la selva, trae inscrita una necesidad innata, el instinto y el deseo de succionar, y de permanecer arropado por el cuerpo maternante.

El neonatólogo Nils Bergman, director de la maternidad de Mowbray en Sudáfrica y uno de los mayores expertos internacionales en cuidados madre-canguro, lo explica y sustenta claramente:

“En términos biológicos, el Homo sapiens es un mamífero. Lo que caracteriza a todos los mamíferos es que tienen mamas (del latín ‘mammae’) destinadas a la alimentación de las crías. Las investigaciones biológicas en numerosos mamíferos han demostrado que los procesos neurológicos que tienen lugar durante la gestación (el desarrollo embrionario) están ‘altamente conservados’, es decir, son casi idénticos en todas las especies (Christensson, 1995). Los mecanismos endocrinos fundamentales de la gestación, son también notablemente similares en todas las especies (Keverne y Kendrick, 1994). Hay modelos de comportamiento programados por el sistema límbico de nuestro cerebro. Desde el nacimiento, todos los mamíferos presentan una ‘secuencia comportamental definida’ (Rosenblatt, 1994), que lleva al arranque y al mantenimiento del comportamiento de la lactancia. Existen diferencias en estas secuencias, cada especie tiene la suya propia. Un descubrimiento fundamental y sorprendente ha sido constatar que lo determinante es el comportamiento de la cría recién nacida; que es su actividad la que induce una respuesta cuidadora de su madre (Rosenblatt, 1994).”

Es en el momento del nacimiento, donde la ruptura con la naturaleza y con la condición mamífera se produce, perturbando el proceso de nacer (casi todas las culturas lo hacen de un modo u otro: separan al bebé de la madre y se lo llevan), socavando la lactancia, poniendo al niño a dormir solo, dejándolo llorar… y más tarde usando todas las estrategias conductistas de la crianza adultocéntrica.

Desde finales del siglo XX, los sociólogos (Giddens, Ibáñez…) se dieron cuenta de que es en la micro-sociología, en las conductas cotidianas, donde están las claves para comprender la macro-sociología, los grandes problemas de la humanidad.

Es hora ya de que aceptemos que la humanización del nacimiento, la crianza corporal, la educación desde el respeto y la empatía… es el principio de la justicia social. Y también del equilibrio entre la naturaleza y la cultura, el cuerpo y la mente, el intelecto y las emociones.

Ahí. Recuperando nuestra condición mamífera.

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Maniquíes

Publicado el 14-07-2011

Por Tenemos tetas

Madres felices Los factores por los cuales a lo largo del tiempo las sociedades van estableciendo sus estereotipos de belleza son múltiples y varían mucho de un grupo humano a otro.

En la mayoría de las culturas más cercanas a la tierra (los “pueblos originarios”) el estereotipo de belleza femenino, que aún sigue prevaleciendo, es el de las mujeres “rellenitas”, no gordas pero con curvas, con reservas, anchas caderas y pechos, que denotan abundancia, fertilidad y aptitud para la supervivencia.

En Occidente, el canon de belleza también fue hasta hace muy poco el de las musas de Rubens: mujeres con la piel blanquísima y el cuerpo redondeado, que se correspondía con los signos de estatus de las clases altas: tener la piel blanca como evidencia de no hacer trabajos duros al sol, y la grasa corporal como señal de disponer suficiente alimento.

Pero en la segunda mitad del siglo XX, como tantas otras cosas, el estereotipo de belleza occidental también cambió: broncearse la piel pasó a ser signo de tener tiempo y dinero disponible para el ocio, la playa, los deportes al aire libre… y ser delgado comenzó a ser más difícil que ser obeso, dada la cantidad de alimentos energéticos disponibles a precios muy asequibles. Las clases bajas y medias engordaron, y la delgadez se convirtió en un “lujo” alcanzable a base de mucha contención, gimnasios, dietas, entrenadores personales, liposucciones y cirugías remodelantes.

A partir de los años ochenta, el estereotipo de belleza femenina y voluptuosa que representaron en los cincuentas mujeres como Marilyn Monroe o Sofía Loren, fue poco a poco perdiéndose a favor de una belleza lánguida, frágil, andrógina y plana como la de Kate Moss o Nicole Kidman.

Un  nuevo fenómeno cultural comenzó a tomar forma: el de las top-models, que llegaron a cobrar sueldos multimillonarios por convertirse en la imagen de las grandes firmas. Un trabajo aparentemente “fácil”, acompañado de una vida glamourosa y una remuneración exorbitante, se convirtió, igual que las estrellas del fútbol, en el sueño que todos, las chicas y los chicos quieren conseguir.

Ignoro en qué momento la palabra ‘modelo’ usurpó el lugar de la palabra correcta para nombrar a esa profesión: maniquí.

Todos conocemos las acusaciones permanentes que se le hacen a la industria de la moda –en manos de un puñado de diseñadores misóginos- por propagar un estereotipo de belleza insano, que raya en muchas ocasiones con la anorexia, enfermedad que muchas maniquíes han confesado padecer.

El primer truco fue precisamente la institución del nombre: modelos. Por modelo se entiende alguien a quien imitar. Según la RAE: “arquetipo o punto de referencia para imitarlo o reproducirlo“. Y creo que ahí es donde está el verdadero problema.

La profesión de maniquí, tan digna como otra cualquiera, no es más que eso. Una profesión u ocupación puntual. Una profesión que consiste precisamente en que la persona exalte a la ropa (y no al revés). Sobre todo en los espectáculos de pasarela, alguno de los cuales parecen más bien la antítesis de la belleza.

El problema no es que muchachas de complexión naturalmente delgada aprovechen su cualidad para ganarse la vida, sino que algunas tengan que someterse a regímenes inhumanos para conservar su trabajo, y que el resto de las mujeres del mundo queramos parecernos a ellas.

Que hayamos convertido una profesión que consiste en pasar desapercibida para que el protagonismo lo ocupe el vestuario, en “modelo” de referencia de la belleza occidental, es lo verdaderamente sintomático. O sea, el problema no es tanto que las maniquíes estén muy flacas (que lo están), como que lo convirtamos en ideal de belleza colectivo.

Si esa transpolación ha ocurrido, es porque las mujeres andamos perdidas. Porque nos anulamos como personas. Y porque la sociedad en su conjunto, premia y estimula, en afán del consumismo, una conducta casi suicida: nos queremos tan poco, que tendemos a desaparecer. Es como decir: no queremos ser humanas, queremos ser maniquíes, perchas. No tenemos valor, sino por la ropa que llevamos puesta. Me anulo, me borro, adelgazo tanto hasta no ser.

La obesidad y la anorexia, dos epidemias complementarias en nuestro tiempo, nos hablan de cosas más profundas que la lechuga o el ejercicio: nos hablan de la autoestima, de nuestra auto-percepción, de nuestra conexión con la femineidad, de nuestras ansiedades, de nuestros miedos, de nuestras corazas, de nuestro desamparo emocional.

La belleza no es inocente.

Otras blogueras que hablan sobre este tema:

La mujer que deberíamos ser, de Habichuelas Mágicas

Reconciliada con mi cuerpo, de Mimos y Teta

Reflexiones sobre la imagen femenina, de Amor Maternal

Mi cuerpo, mi vida, de La mamá de Mateo

Microreflexiones veraniegas, de Ahora la madre soy yo.

El hiyab de las mujeres de occidente: la talla 38, de Una antropóloga en la luna

Mi cuerpo, mi templo de Alma de Doula.

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